Logo Abierto de Gimnasia

El video no es de la mejor calidad, pero aun así podemos distinguirla en su leotardo blanco y negro, cabello recogido y rostro concentrado. Con el logotipo de Barcelona ’92 al fondo, corre, salta, se retuerce y se balancea como si fuera lo único que entonces sabía hacer. Hay una libertad en ella que sólo puede compararse con la libertad de un menor: una niña de 17 años con el mundo a sus pies, manos y pies otra vez.

Barcelona 1992 fueron los primeros Juegos Olímpicos de Oksana Chusovitina. Representando al Equipo Unificado, ganó la medalla de oro por equipos. Disponible también en YouTube, el video de la premiación genera algo de melancolía, pues de aquella jovencita hoy en día sabemos todo lo que ella está aún por vivir.

Oksana todavía no se ha roto el bíceps, el talón de Aquiles y un ligamento cruzado. Chusovitina no sabe aún que se casará con un luchador uzbeco llamado Bakhodir Kurbanov y que tendrán un hijo que tristemente enfermará de leucemia infantil. Ella no sabe que se verán obligados a emigrar a Alemania para el tratamiento de su hijo y que más adelante obtendrá la ciudadanía germana.

Mientras recibe su medalla dorada y es aplaudida por el público, lo Oksana Chusovitina menos puede imaginar es que en 2016, será una atleta olímpica de 41 años.

La vida normal de un gimnasta es uno o dos ciclos olímpicos. Los más afortunados obtienen tres. Pero competir en siete citas olímpicas va más allá de la comprensión.

Este logro podría ser algo impresionante, pero a la vez lógico en disciplinas como el tiro o tiro con arco. Sin embargo, esto es gimnasia, un deporte que coloca inconcebibles tensiones en el cuerpo y ejerce una exigencia incluso mayor en la mente.
“¿Cómo puede alguien de su edad ateverse a hacerle eso al cuerpo?”, bromea la legendaria Nadia Comaneci, quien ganó tres medallas de oro en Montreal 1976 a los 14 años y que se retiró a los 19.

Para poner la longevidad de Chusovitina en cualquier tipo de contexto, basta saber que su hijo Alisher es mayor que el gimnasta más joven que asistió a Río.

Uno de sus compañeros de equipo de Barcelona es ahora su entrenador asistente. Y describir a Chusovitina meramente como la gimnasta olímpica más veterana de la historia es un elogio muy débil. Digamos mejor que Oksana Chusovitina es uno de los milagros del deporte.

Pese a la longevidad, aquel oro obtenido en Barcelona permanece como el único a la fecha. Después de la justa de 1992, Chusovitina volvió a su natal Uzbekistán y trabajó durante años en un gimnasio deficiente con barras oxidadas y cables doblados. Eso no le impidió ganar cinco medallas en los Campeonatos Mundiales en su disciplina favorita, el salto.

En el cambio de siglo, consideró el retiro y dedicarse al ‘coaching’, pero un giro cruel del destino la obligó a seguir compitiendo.

Alisher fue diagnosticado con leucemia en 2002, y Chusovitina sabía que el sistema médico de Uzbekistán era insuficiente para ayudar a su hijo. A invitación de un amigo, se trasladó a Colonia, Alemania, y financió el largo y complicado tratamiento de su hijo a través de donaciones, contribuciones de amigos y familiares, y sus premios como gimnasta.

En 2006 empezó a competir por Alemania y obtuvo su segunda medalla olímpica (plata) dos años después. A su regreso de Beijing y tras seis años de tratamiento, Oksana Chusovitina obtuvo la mejor noticia de todas: el cáncer de Alisher había desaparecido.
La oportunidad de dejar la angustia atrás y comenzar a disfrutar la competencia finalmente había llegado. Tras muchos años y a diferencia de los jóvenes gimnastas que necesitan horas de entrenamiento para ejercitar músculos y memoria, Chusovitina se dio cuenta que no requería ya de mucha enseñanza, pues llevaba una vida haciéndolo.

“Hago mucho entrenamiento mental”, dijo en una reciente entrevista a ESPN. “Todos los días dedico dos horas al gimnasio. Después visualizo exactamente cómo debe llevarse a cabo el ejercicio y sé con precisión lo que mi cuerpo necesita para lograrlo”.

¿Se detendrá algún día? Sólo ella sabe la respuesta. Después de Londres 2012 anunció que esos serían sus últimos juegos, sólo para cambiar de opinión a la mañana siguiente. Y mientras el hambre de competencia siga en ella, no hay poder alguno que le impida a Chusovitina hacer lo que más disfruta en la vida.